miércoles, 1 de febrero de 2017

Breve acercamiento al pensamiento paleocristiano, sobre el carácter sagrado de la vida.


No puede dudarse que el aborto es un tema áspero, crudo y polémico. Hoy en día la discusión ya está instalada a nivel social y es imposible restarse o eludir el debate. Muchos sectores de la sociedad poseen una opinión (más o menos documentada) sobre el tema y defienden con ardor sus respectivos puntos de vista.

La iglesia evangélica, como resulta natural, también tiene una formada opinión al respecto, que estaría fundamentada en las sagradas escrituras y en el testimonio de la iglesia de los primeros siglos. Al respecto, se puede indicar en forma inmediata que todos los pensadores cristianos señalaron el carácter sagrado de la vida humana. La iglesia de Cristo no hacía distinciones sobre el carácter de esta vida: aunque se tratase de un embrión en gestación, el don de existir era una facultad que solo Dios podía dar (o arrebatar), y era tan valiosa que no había escatimado ni siquiera a su hijo primogénito para asegurarle al hombre salvación y esperanza.

Esta línea de pensamiento tenía sólidos antecedentes, con algunas variaciones, en el pensamiento judaico y las escrituras del antiguo testamento. El ser humano había sido creado “a imagen y semejanza” de Dios, y representaba la cúspide de su creación. Todas las almas (tanto las de su pueblo Israel, como las de los gentiles) pertenecían a Dios, quien era el único facultado para decidir los destinos del hombre.

Los judíos consideraban que Jehová su Dios tomaba parte activa en los grandes acontecimientos de la historia de Israel, pero también acompañaba al individuo desde su gestación, en el interior del cálido y oscuro vientre materno. Al respecto escribió el salmista:

“Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”, (Sal. 136:14)[1]

Agrega Jeremías:

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”, (Jer. 1:5)

Este pasaje deja ver, en forma bastante explicita, que el Dios de Israel ya tenía planes para Jeremías, aun cuando este se encontraba en pleno proceso de gestación, y que acompañó el proceso de formación del futuro profeta mientras estuvo en el vientre de su madre.

En la cultura grecorromana, la decisión de abortar era un asunto habitual y se practicaba sin demasiados escrúpulos. Según las creencias predominantes, los fetos no tenían alma (por tanto, no podían ser considerados personas en el sentido estricto de la palabra), y en consecuencia el acto de abortar no generaba los mismos conflictos valóricos que en las tradiciones judía y cristiana.

Ya en tiempos neotestamentarios, la iglesia cristiana mantuvo y resguardó esta sólida creencia judía. No se pensaba en absoluto que las vidas en gestación estuviesen en una segunda categoría, o que mereciesen un trato distinto al resto de las personas. Citamos un fragmento de la Didaché, antiguo tratado cristiano de origen sirio, escrito a fines del primer siglo de nuestra era:

“no matarás a un niño por aborto, ni tampoco cuando nazca” 

Atenágoras de Atenas, en su obra “Súplica en favor de los cristianos”, escrito en defensa de la fe cristiana del año 177 d.C., que envió al emperador Marco Aurelio, afirmaba:

«Nosotros afirmamos que los que intentan el aborto cometen homicidio y tendrán que dar cuenta de él a Dios; entonces, ¿por qué razón habríamos de matar a nadie?... No, nosotros somos en todo y siempre iguales y acordes con nosotros mismos, pues servimos a la razón y no la violentamos» (Súplica, XXXV)

 Tertuliano, el destacado polemista y teólogo latino de principios del siglo III, escribió en uno de sus tratados: 

“Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento, poco importa que se suprima la vida ya nacida o que se la haga desaparecer al nacer” (Apologia, IX, 8)

El escritor cristiano del siglo III, Metodio de Olimpo, imaginó que las almas de los niños abortados permanecían bajo protección divina, esperando el momento en que testificarían contra sus padres: “Señor, tú no nos has hurtado la luz común. Estas personas ahí nos dieron muerte, desobedeciendo tu mandato”("Banquete" II, 6:46)

Como se puede observar, en opinión de los cristianos cometer un aborto directo era un pecado grave, en la misma categoría que la idolatría o el adulterio, y exigía una drástica disciplina eclesial, por ejemplo, el sínodo de obispos de Elvira (España, 305 d.C.) en su canon 63 adoptó el siguiente acuerdo:

“Si una mujer está encinta y, tras haber cometido adulterio en ausencia de su marido, intenta destruir al niño, es conveniente apartarla de la comunión hasta su muerte, porque ha cometido un doble crimen (adulterio y homicidio de la criatura)

El autor de la Epístola de Bernabé añade:

“La vida del niño, antes como después de su nacimiento, está protegida por la ley: “No matarás a tu hijo en el seno de la madre, ni, una vez nacido, le quitarás la vida” (19,3)

En resumen, que las primitivas comunidades cristianas, aunque no disponían en su Nuevo Testamento de referencias explícitas al tema, consideraron que la vida era un don de Dios, y su término deliberado constituía un delito del que, en algún momento, los autores tendrían que rendir cuentas. Por supuesto, en aquellos rústicos tiempos no se podía hilar tan fino: el proceso de gestación era, como otras tantas manifestaciones de la naturaleza, en esencia un misterio. No había forma de atisbar lo que sucedía en el interior del vientre de la madre durante esos nueve meses de espera. El panorama actual es muy diferente: el veloz progreso de la tecnología médica permite sondear con antelación la evolución del feto, precisando su sexo, los eventuales problemas que presentará, y en qué grado la existencia de complicaciones en el proceso de gestación puede hacer peligrar la vida de la madre. Tal avance tecnológico era impensable hace apenas unas décadas, y ha hecho aparecer un cúmulo de difíciles preguntas: ¿qué pasa si el embarazo pone la vida de la madre en un riesgo evidente?, esta pregunta es el estandarte de lucha de muchas organizaciones a favor del aborto terapéutico y exige una respuesta adecuada.


Existieron (aún existen) variadas discusiones y controversias, de fuerte sabor metafísico, sobre el instante preciso en que se origina el alma del feto, ¿cuándo se crea el alma del niño?¿durante la concepción?, ¿en el instante del nacimiento?, pero todas estas discusiones, altamente especulativas, siempre permanecieron en un segundo plano, y todos los maestros y padres de la iglesia afirmaron el carácter sagrado de la vida,  coincidiendo en repudiar el aborto inducido como un pecado de carácter grave, contrario a los fundamentos de la fe cristiana.






[1] A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera 1960.

El fragmento P52: El trozo de papiro más antiguo del Nuevo Testamento.



Nuestras modernas traducciones de la Biblia intentan basarse en los antiguos manuscritos bíblicos que han sobrevivido el paso del tiempo, requisito fundamental para ostentar la pretensión de mantener un texto fiel a los escritos originales.

En esta entrada comentaré sobre P52, un "pequeño gigante", un minúsculo trozo de papiro con unos pocos versículos del evangelio de Juan, notable por ser la copia más antigua conocida de un texto del Nuevo Testamento. 

P52 pertenecía originalmente a un códice (un manuscrito en formato de libro) y apenas mide 8,9 x 6 cm., más o menos el mismo tamaño de una tarjeta de crédito. Fue adquirido en un mercado egipcio en 1920 por Bernard Grenfell y apilado junto a otros materiales pendientes de revisión. El papiro permaneció en el anonimato hasta que en 1934 Colin Henderson Roberts lo examinó con calma y pudo determinar su gran antigüedad, fechándolo entre los años 125-150 D.C. (la era del emperador Adriano) es decir, casi un siglo más antiguo que todos los escritos conocidos hasta ese momento. Roberts publicó el resultado de sus investigaciones en 1935, en su ensayo "Un fragmento inédito del cuarto evangelio en la biblioteca John Rylands". El contenido de P52 es minúsculo: apenas contiene Juan 18:31-33,37-38, pero su importancia no radica en su extensión, sino en sus implicancias para la investigación sobre la historia del canon del Nuevo Testamento. Algunos estudiosos y críticos textuales aseguraban que el evangelio de Juan era un escrito tardío, compuesto quizá a mediados o incluso fines del siglo II. Aquí tenemos un fragmento anterior, y lo más interesante: expertos papirólogos y eruditos concuerdan en datar hacia abajo la fecha del fragmento, es decir, que el año 125 podría la fecha "tope hacia arriba" para su composición.


Anverso de P52. Este minúsculo trozo de papiro es el escrito más antiguo que se conserva del Nuevo Testamento.


Esto implica que la copia del evangelio de Juan que sirvió de modelo al copista de P52 tuvo que ser compuesta a principios del siglo II, bastante más cerca de la fecha en que se piensa que Juan redactó su famoso evangelio: aprox. año 90+- del primer siglo, sin duda que, pese a su brevedad, este fragmento marcó un hito en los estudios sobre la historia del texto del Nuevo Testamento.

El crítico textual Bruce Metzger escribió:

"Tal como Robinson Crusoe, mirando una unica huella de pie humano en la arena, concluyó que otro ser humano, con dos pies, estaba en la isla junto con él, de igual forma P52 prueba la existencia y uso del cuarto evangelio durante la primera mitad del siglo segundo en una ciudad provincial junto al Nilo, muy lejos de su lugar tradicional de composición (Efeso, en Asia Menor)"

Este humilde trozo de papiro es una prueba directa de la antigüedad del cuarto evangelio y su temprana difusión entre las iglesias cristianas. En la clasificación de Kurt Aland, P52 pertenece a la categoría I (Manuscritos de muy especial calidad, siempre útiles para establecer el texto original) debido a su gran antigüedad.



P52 se preserva en la biblioteca John Rylands, que es la biblioteca de la prestigiosa Universidad de Manchester, en el Reino Unido